29 de febrero de 2016

De algún tiempo a esta parte...

De algún tiempo a esta parte, Max Aub. 

La sala Margarita Xirgu del Teatro Español acoge esta propuesta hermosa y exquisita del teatro testimonial de Max Aub. 
Al entrar, el espectador se sumerge en una podredumbre; la penumbra, los olores y sonidos afinan nuestros sentidos. 
Un techo circular fragmentado lleno de goteras, un suelo pavimentado y roto da la sensación de no haber nada, un abismo contra el olvido. 
“Tengo las manos agarrotadas; las puedo mirar como si no fuesen mías, rojas, oscuras. Y yo estudié, mi título estaba en un marco de caoba… Era en la otra vida”; Así comienza la angustiosa existencia de una mujer en la Viena de 1938, cuando Austria se anexiona a la Alemania nazi en los destellos del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Emma demuestra coraje y adquiere un gran sentido del riesgo por la privación de su identidad personal, situada en el umbral de los conflictos que arrasaron Europa en esos años. 
Emma sufre, sufre un estado de opresión e injusticia, por su fuerte vinculación entre España y Viena, a través de dos muertes, su hijo y su marido. Ese sufrimiento sumergido en un alma rota que debe aprender a vivir y hacerse sitio en una nueva situación, una nueva vida. 
Es uno de los mejores monólogos escritos del siglo XX; un texto impecable, fuerte, desgarrador, impactante, estremecedor y profundamente humano. 
Emma recoge toda la crudeza de la guerra, su desgracia personificada en dos muertes, la del marido en manos de los nazis y su hijo Samuel, asesinado por un grupo antifascista. Su vida se trunca, dando un giro inverso, de ser una burguesa acomodada, a una mujer marcada, marginada y sin ningún valor social. Esas circunstancias tan adversas la obligan a convertirse en mujer de la limpieza del propio edificio donde ella vivía, porque los nazis la expropian su casa. Es curioso que Emma no muestre odio ante tanta injusticia y horror, a lo único que se aferra desesperadamente es a los recuerdos, momentos y vivencias que dieron sentido a su vida, por lo tanto aspira a sobrevivir. La reflexión en este magnífico texto viene de la mano de la barbarie que no es patrimonio de unos o de otros, los fascistas y los antifascistas; Max Aub afirma que el horror es de una sola ideología, escritor incomprendido y vilipendiado por la derecha y la izquierda de nuestro país. 
En los momentos duros, el ser humano se refugia en su fe, Emma es católica y de ascendencia judía, circunstancia que repite en momentos de su parlamento; esta creencia en un Dios, no le sirve para dar rienda suelta a la rabia contenida en lo más profundo de su ser, y ese dolor es el que le ayuda a vivir. 
Nicolás Bueno firma la acertada escenografía. Juanjo Llorens, iluminación y sonido, dos elementos que ayudan al personaje de Emma a dar mayor intensidad al montaje como si de una cámara cinematográfica se tratara. la luz enfoca a Emma de varias maneras, rodeándola, alejándola o aproximándola. 
Dirige Ignacio Garcia de modo cinematográfico, encuadrando las escenas con un trabajo admirable de luz y sonido, que hace que Carmen Conesa se convierta en una gran dama de la escena, porque el espectador sufrirá como ella. Una soberbia interpretación, llevando el destino del individuo a la destrucción, aniquilado por los tsunami de la historia. Su valor es su resistencia, su dignidad servirá para construir el futuro a través de su  memoria.  
El trio Aub, García y Conesa conforman una obra maravillosa, imprescindible para el entusiasta del teatro,  porque su confesión y posterior reflexión nos dolerá y picará en la butaca como los sabañones y piojos a Emma. 

Má.


28 de febrero de 2016

La respiración, de Alfredo Sanzol.


Nagore es una mujer que carece de autoestima por culpa del desamor. En este trance conocerá a los amigos de su madre y sobre todo a ella misma. A partir de aquí, en clave de comedia se creará una telaraña de relaciones familiares y afectivas cuyo objetivo es que Nagore encuentre su punto de equilibrio cuya base sea el amor.
Mezcla de realidad y ficción, una ficción tejida por su madre, la maravillosa Gloria Muñoz, y bien es verdad que en los momentos soberbios del texto, el espectador se pierde o confunde ese vivir real con el vivir de fantasía. No encontramos el límite de esos dos territorios, no están bien definidos, y lo vivido se confunde con lo deseado, lo soñado, lo imaginado por nuestra protagonista. Esa nebulosa se crea por el camino que le traza su madre y que el espectador sacará distintas conclusiones. Lo importante la empatía creada por todos, haciendo escenas absolutamente hilarantes.  
En escena transitan tres parejas de tres generaciones distintas, tres mujeres y tres hombres, de edades dispares, esta diferencia generacional les hace tener diferentes puntos de vista, sobre el tema universal: El amor. 
Una comedia soberbia, donde prima la reflexión sobre el carácter de Nagore, incierto, posesivo y a veces caprichoso, situaciones claramente amorosas, situaciones donde el amor es el protagonista y Alfredo Sanzol lo ha vivido en sus carnes, manifestándolo este magnifico texto que ha tenido un efecto purgante en su vida. 
El amor es solo aire y el aire solo se deja respirar esta es la canción donde todos los personajes cantan porque la forma de respirar denota el estado anímico de una persona. Nagore al principio respira con cierta falta de equilibrio emocional, y termina con una respiración en calma. 
Sanzol crea una comedia inteligente, intensa, apasionada y a veces desconcertante por diluir la realidad y la fantasía de la protagonista sin que quede muy claro. 
Destaca el Maravilloso trabajo actoral, que Sanzol  devana en un ovillo sentimental a través de la palabra, sobre todo de Nuria Mencía (Nagore), Gloria Muñoz (Maite), Pau Durá (Íñigo), Pietro Olivera (Andoni).

Singular texto, lleno de humor y dolor, de rabia contenida y de un perfecto optimismo. 
Como bien afirma Maite, La ficción es el mejor entretenimiento para la realidad

En el Teatro Abadía, hasta el 28 de febrero. 

24 de enero de 2016

Insolación, latitudes de amor...



INSOLACIÓN. TEATRO MARÍA GUERRERO. 
No las tenía conmigo de ver un buen espectáculo ayer, solo me avalaba el texto de Emilia, poderoso, coetáneo a su tiempo, ferviente, y lleno de reivindicación. 
El María Guerrero se vistió decimonómico, elegante y con un sol radiante, de esos que ciegan y emergen en una tremenda alegría, porque según la Duquesa de Sahagún la culpa es del sol que nos da la vida…  
Insolación es una adaptación teatral de la novela homónima de Emilia Pardo Bazán, gran trabajo de Pedro Villora y Luis Luque, escritor y director respectivamente. Una historia de amor, rompedora en su tiempo, un mensaje enmarcado en preguntas de esas que nos permiten soñar, acercarnos a ese hormigueo de estómago y a esa ilusión desbocada, y sobre todo un mensaje que sigue vigente hoy más que nunca. Su protagonista, Francisca de Asís Taboada, probablemente Doña Emilia hubiera querido transparentarse en el perfil de la joven viuda, es un ejemplo de modernidad en aquellos años. El papel que atribuye a la mujer, sobre todo en el ámbito emocional, es muy atrevido, teniendo en cuenta la situación de postración y pasividad a la que estaban sometidas las mujeres de la España aristócrata de finales de siglo XIX.
En este contexto histórico, la figura de la condesa viuda, enfrentada al galán andaluz que la cautiva con su “labia” y sus requiebros amorosos, y que acaba afrontando con valentía y decisión los dictados de su corazón, es todo un referente de las mujeres que abrieron un camino difícil y sinuoso que ha ido encaminado hacia una incipiente liberación femenina, hoy por hoy irreversible.
La escena del beso prolongado, de esos besos que calan, creíbles, enamorado, de la condesa y el galán andaluz es una muestra de la tesis que expone Pardo Bazán en su obra, reivindicando y realzando la figura de la mujer libre.
He de confesar que las féminas me han conquistado magistralmente, los prejuicios me socavaban en un miedo atroz; María Adánez es una Francisca de Asís deliciosa, firme y recatada, siempre con el qué dirán, hasta que atisba lo que le está vetado por los corsés sociales que junto con Pacheco, José Manuel Poga, señorito andaluz enamorado, locuaz, que imprime la caricatura magistralmente arrancando la carcajada. Una pareja para recordar. 
Pero la sorpresa facunda ha sido la otra fémina, Pepa Rus, desterrada por sus papeles televisivos, en las tablas se muestra altiva, graciosa y eficaz en su triple papel de duquesa, criada y ventera.   
Todo funciona muy bien en escena en un montaje carente de escenografía pero maravillosa en texto e interpretación, con escenas inolvidables como la euforia alcohólica y amorosa durante el baile en la Pradera de San Isidro, o los graciosos parlamentos entre criada y señora. 
En algunos momentos, como aspecto negativo, la limitación de las escenas que  perdíamos a los personajes  porque no se sabe dónde se situaban, si llegan o se van, o esperan, dentro o fuera de la casa. A la postre, la Pardo Bazán, cuyos personajes conversan sobre los roles de hombres y mujeres y el doble rasero para juzgar a unos y otras, apuesta por la libertad femenina en lo social y lo moral al mismo nivel que la de los varones.  Este elenco de actores ayudan a que la moraleja del relato sea entendible y cercana, consigue su propósito, ser una historia creíble y bella capaz de transmitir los comienzos de las conquistas de las mujeres a lo largo de la historia. Bravo por Luis Luque y Pedro Villora por llenarnos de Luz con este tremendo y cercano Sol. 

Teatro María Guerrero. Madrid. Hasta 25 de Enero.

Má. 


19 de noviembre de 2015

El público, García Lorca.



El Público, Federico García Lorca. Dirección, Àlex Rigola. Teatro de la Abadía. 
¡Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro!” es la frase que cuelga sobre nuestras cabezas al entrar en el templo sagrado de la Abadía. Lorca presente. Cruzas el umbral y una melodía lejana suena en el interior, la tarara, mientras te sumerges en una retrospectiva de la creación, composición y presentación de “El Público” de fotografías, documentos y objetos del propio Lorca. El público comulga y se rinde a la exclamación que reza en una de las vitrinas: "Ahora el público quizás no esté preparado, pero dentro de 10 o 20 años seguro que esto va a ser un éxito”. Augurio en forma de tiras de papel plateado y el rostro de Federico omnipresente, con su sonrisa sempiterna, daba paso a un espectáculo en el que el público del teatro y de dentro del teatro fueran uno, preparados o no, visualmente alcanzamos una renovación magistral del texto, a sabiendas que no es un texto fácil, pero este desafío a destello plateado iba a ser un acierto. 
Es un viaje a la mente de Federico, un viaje extremo, estético y frugal, lleno de pulsiones sexuales, pura poesía convulsa y plena. 
Lorca creó la obra en una época difícil desde lo existencial a lo terrenal, su estado de ánimo afloraba la tristeza y una crisis sentimental posiblemente provocada por el desamor, del que vivía desde dentro, de las tripas al corazón. Todo ello sirvió para la mezcolanza surrealista de la obra de la que Rigola ejerce con maestría con dos elementos importantes homosexualidad y vida. 
Con los primeros acordes de trompeta, el espectador entra en un sueño que conecta con el mundo imaginario de Federico. La luz azul y la montaña de arena, marcará la intriga, que sumergidos en este “teatro bajo la arena” ondeará las pasiones, las batallas y las pulsiones sexuales del Lorca más vulnerable, más desnudo. 
Sobre el escenario, catorce actores, de los que algunos interpretarán varios personajes, todos maravillosos y muy embutidos en sus papeles, dando vida a los pensamientos, sueños, frustraciones y profundidades del autor. 
Àlex Rigola convierte un texto tan complicado en una exquisitez bella desde principio a fin, con un montaje al servicio de la palabra y del sueño que nuestro Federico nos hace necesario. Evoca magistralmente este lenguaje barroco en todos los sentidos, desde lo visual a lo sonoro, uniendo todas las artes plásticas, escénicas y musicales.
Fantastica la bailarina, Laila Durán. 
Anoche Federico brilló en su templo e hizo que su público reaccionara ante sus miedos con ese frío, reflejados en el espejo, tan vigente hoy en día.
Merece la pena reflejarse.

Dirección: Álex Rigola. Intérpretes: Nao Albet, Jesús Barranco, David Boceta, Juan Codina, Laia Durán, Irene Escolar, Pau Roca, Pep Tosar, Jorge Varandela, Nacho Vera y Guillermo Weickert. Teatro de La Abadía. Madrid. Del 28 de octubre al 29 de noviembre.
Má.



26 de junio de 2015

Sumisión





Sin duda este es uno de los títulos a tener en cuenta para las lecturas del verano.  Una novela que no va a dejarnos indiferentes porque invita cuando menos a una reflexión sobre la situación de las democracias europeas.  La novela transcurre en Francia, en un futuro próximo, durante las elecciones generales.  El protagonista, un profesor universitario de la Sorbona, es todo lo que no podemos imaginarnos (o sí) de un docente.  Se acuesta con demasiada frecuencia con alumnas, recurre al porno y a la prostitución cuando le falta lo primero, no es hábil en las relaciones de amistad.  Parece que Houellebecq ha querido mostrarnos los aspectos menos positivos (si es que tienen algo de positivos) del protagonista.  El contexto, como decía, se sitúa en las elecciones presidenciales en 2022, un momento tenso, en el que los partidos tradicionales han perdido su fuerza y Francia se divide entre la extrema derecha de Marine Le Pen y un partido denominado la Hermandad Musulmana, que desea instaurar un estado islámico en Francia.  Hay varios recursos que utiliza el autor para mostrarnos el turbulento panorama político francés, quizá por eso no destaca los valores positivos de los personajes y sí hace hincapié en los infortunios de estos.  Nuestro profesor universitario pierde su empleo en la Sorbona porque no se ha convertido al Islam, donde todos aquellos docentes que sí lo hacen gozan de numerosos privilegios.  Aún así, no puede considerarse que el libro vaya en contra de ninguna religión, porque ni siquiera es el tema.  No puedo descubrir más por no destripar la trama, que guarda una sorpresa final.  Pero basta insistir en la originalidad con que Houellebecq presenta una historia fresca, verosímil en muchos aspectos e inquietante (o increíble, si se me permite) en otros.

La novela está publicada en España por la Editorial Anagrama.


David P.

17 de junio de 2015

Poderosa, Antígona.


Poderosa, Antígona.

Llegó el día de disfrutar de la última tragedia que compone el “experimento” de tres dramaturgos; Sanzol, Lima y Del Arco, concebido como una apuesta por la investigación, reflexión, producción y exhibición del teatro contemporáneo. 
Miguel del Arco apuesta por una de las tragedias griegas más representadas y uno de los personajes del teatro universal más estudiados. Un texto libre sobre el de Sófocles donde prima una batalla dialéctica en la que los personajes se aferran a sus ideales casi ciegamente. Esta lucha de opiniones sigue siendo actual en nuestros tiempos, en un mundo dividido en bandos eternamente. 
A pesar de que Edipo Rey y Antígona tienen conexiones claras, no solo de autoría, sino también de trama, y de tratarse el Teatro de la Ciudad de un proyecto que podría ser visto como un ente global, lo cierto que un montaje de otro, el primero de Alfredo Sanzol y el segundo de Miguel del Arco, se encuentran en las antípodas uno del otro. 
Antígona de Miguel del Arco respeta la esencia del texto de Sófocles pero con una sonoridad rabiosamente contemporánea, no solo en los atuendos de los personajes, sino en la modificación del hecho de convertir a Creonte en una mujer, desde el momento en que Hemón se refiere a ella como “madre” varias veces, pero que en un principio adquiere el protagonista varón, algo que confunde por momentos al espectador. Ahí Del Arco no nos explica que Carmen Machi, es ella, una mujer, quien ha de asumir ahora la máxima autoridad de poder. Hay que reconocer que este cambio no parece nimio si lo analizamos: la feminidad de Creonte hace que pueda acercar posiciones con Antígona, es decir, poder hablar de igual a igual, aunque sea imposible el entendimiento y comprender el por qué de su ejecución autoritaria: es probable que sea la propia inseguridad de la mujer no acostumbrada al liderazgo en un mundo de hombres la que haga en este caso que Creonte se presente de forma hermética, y tome decisiones extremas desde una posición de presión que intenta disimular… sin olvidarnos del desenlace: sin duda el dolor de una madre  que ya ha perdido a varios hijos es mucho más efectivo y más hondo que el de un padre cabeza de estado. Todos estos detalles hacen que la versión de Del Arco presente una Creonte mucho más humana que otras veces, lo que sin duda ayuda al espectador a entender el conflicto.
La puesta en escena sobria, oscura, sombría, con un aire de ritual desde que entras en la sala, con todos los personajes de negro riguroso y tonos oscuros, se sirve de un espacio agónico, vacío y cerrado por un cortinaje presidido por una especie de zepelín esférico, simulando la tierra que portaba el pobre Atlas, donde proyectan imágenes augurando el final trágico, y del que se apoyan todo el gran trabajo actoral sometidos a una presión constante entre los horrores que viven y la tensión en cada una de su palabras, haciendo por momentos la escena irrespirable (magníficas Manuela Paso y Ángela Cremonte, Antígona e Ismene, respectivamente). La luz sugiere, a veces deslumbra lo que ocurre en escena, lo que cada personaje trata de ejecutar, vomitando toda la tensión  y miedos que se traduce en un estruendo vibrante y sacudida emocional al espectador, sobre todo por la creatividad de Miguel del Arco, del que hace de su versión libre un majestuoso viaje por la tragedia griega. Dos escenas para recordar y conservadas en mi retina de este estimulante montaje: la escena de Antígona en la gruta y posterior suicidio están magistralmente resueltas como dos grandes golpes de teatro, y los parlamentos de Ismene y Antígona como énfasis dramático y soberbiamente interpretado. Sobra la música de fondo, enlatada, que entorpece el camino sublime que lleva la obra. La escena final recuerda a mi amado Lorca en Bodas de Sangre, el sufrimiento de una madre por la muerte de su hijo en un alarido roto. 
En cuanto a los actores resaltar la interpretación de Antígona, Manuela Paso, una mujer que sufre, teme, y mantiene su templanza hasta el final. Poderosa.
Carmen Machi, no puedo borrar su personaje de una conocida serie de televisión y hace que afee el montaje, su expresión corporal y distante a veces lo consigue, pero ante la risa desproporcionada de algún despistado espectador me vuelve a la realidad irrisoria. Brava por acentuar la tiranía de su personaje y los choques con Antígona son magnéticos, pero no termina de convencerme. 
Ángela Cremonte, Ismene, aborda la emoción y la muestra desde las vísceras, desquiciada al borde del precipicio, enamorando al espectador. Formidable. 
Los personajes masculinos exquisitamente interpretados desde las esencias shakesperianas de Hamet y Otelo. 
A la salida nos quedamos sin palabras, convulsionados por el golpe de talento y teatro en estado puro. 

Hasta el 21 de Junio en Teatro de la Ciudad (Teatro de la Abadía). Madrid. 

Má.

4 de junio de 2015

Medea



Hipnótica Medea. 

Segunda tragedia en el Teatro de la ciudad (Teatro Abadía), MEDEA, versión libre de Andrés Lima sobre el texto de Séneca, y este extrajo sus tragedias del magnífico, Eurípides. Séneca nos muestra el comportamiento de los seres humanos ante situaciones de conflicto que nos vienen impuestas por la fatalidad. Se debe tener en cuenta que las obras de ambos autores distan mucho, una de la otra, por un cambio profundo en la historia de las dos culturas; la geopolítica en el Mediterráneo, desde las ciudades-estado al imperio romano; las metas de la civilización, centradas en la defensa patria y el culto de los dioses en el Egeo helénico y muy al revés, en Roma, en la consecución de una sociedad cosmopolita y la conquista de todo el "mare nostrum”, sin olvidar las artes, de una representación sublime de los hombres al retrato descarnadamente realista de sus facciones. 
Andres Lima nos presenta el texto como una sucesión de monólogos, especie de diálogo interior del personaje principal y su nodriza. Es para que nos entendamos, una tragedia “de cámara”, opuesta a la grandiosidad griega y reducida a su quid esencial. “De cámara” como algo exquisito a contemplar en un universo nuevo, lejos de lo heleno y enfocar una trasparente y desmedida Medea (muy distinta a la de Eurípides), en permanente cólera y sin ningún plan de acción, solo dispuesta a odiar como una ménade: primero, cederá a sus hijos para que vivan en palacio. Solo cuando comprenda que así sacia los deseos de Jasón, se echará atrás y los mantendrá consigo. Toda su furia se va a centrar entonces contra la familia real y se va a concentrar en el conjuro. Es cuando comprendemos su naturaleza original de hechicera, su ferocidad plenamente caucásica (esta vez, los niños serán aniquilados en escena) y la memoria que de ella queda en Occidente como paradigma del mal. 
Del montaje de Lima cabe destacar el texto limpio y preciso, salvo algunas imprecisiones del traductor Moreno Luque. Maravilloso el clima creado, sobrecogedor de la tragedia que se impone nada más comenzar cuando el espectador se impregna de la inquietud nada más entrar en la sala, por medio del claroscuro de la escena que acompaña las voces del inframundo del Coro.
No me gusta como recita Lima, en su papel de Corifeo el inicio de la cosmogonía de Hesiodo para acabar estableciendo el árbol familiar de nuestra Medea, no vocaliza, no se entiende por la música ambiental, no llegando a crear ese ambiente inmemorial que se va a mantener a lo largo de toda la tragedia por la presencia de la enorme Aitana, combinada sencillamente con la iluminación, vestuario y escenografía, dando al espectador la vivencia de otro mundo, el primigenio, el origen del caos. La Corifea y la nodriza contribuyen a ello, de negro riguroso ambas; la primera tocando un contrabajo con su soberbia y melodiosa voz, y la segunda, rodando por el suelo y los ojos en blanco, pendiente de su ama.

Medea interpretada exquisitamente por Aitana, con una fuerza desmesurada, caótica, dotada de un cierto hieratismo para el teatro, una voluntad y un buen hacer por su parte que hipnotiza desde su soliloquio principal, volviéndose una iracunda al espectador provocando desde la emoción hasta la lágrima. La escena del conjuro, punto álgido de toda la tragedia, ella queda expuesta sin artificios, llena de ira y entregada a una Yincana ritual cubierta de extractos de serpiente, hierbas y plumas. Magistral su expresión corporal, su recital de voz. De su pareja, el director, Andrés Lima, representa al Corifeo, Jasón y Creón, que es devorado sin remilgos por su compañera Medea. Basta ya de la economía escénica de personajes porque es triste los personajes masculinos, ya que Lima se condensa  embutido en ese cuerpo enorme los tres papeles, pero pequeños en escena. Discutible es su trabajo actoral, porque tanto su voz como su presencia en escena es la manera habitual de un presentador de un talkshow, no adecuados a estos personajes trágicos, por eso afea el espectáculo y rompe el equilibrio del mismo. Además es importante destacar un error garrafal, ¿Cómo puede un ente masculino, participar siquiera en el aquelarre de las brujas? Creo que eso debía ser respetado en el clásico, porque los aquelarres son para las brujas, el macho cabrío se limitaba a estar escondido como mero espectador. Es mejor director que actor: al César lo que es del César. Gracias a las féminas la obra crece a medida que se desarrolla. Desde ahora Aitana es Medea (de Séneca) y Medea es Aitana, encerrada en mi retina, como otras grandes de la escena española. Por fin un papel para lucirte, un bombón agridulce para hacer disfrutar al espectador y dejarle hipnótico. Corran a verla y entenderán el dolor de esta inmensa Medea.  

Hasta el 21 de Junio. Teatro de Abadia. Madrid. 


Má.