26 de junio de 2015

Sumisión





Sin duda este es uno de los títulos a tener en cuenta para las lecturas del verano.  Una novela que no va a dejarnos indiferentes porque invita cuando menos a una reflexión sobre la situación de las democracias europeas.  La novela transcurre en Francia, en un futuro próximo, durante las elecciones generales.  El protagonista, un profesor universitario de la Sorbona, es todo lo que no podemos imaginarnos (o sí) de un docente.  Se acuesta con demasiada frecuencia con alumnas, recurre al porno y a la prostitución cuando le falta lo primero, no es hábil en las relaciones de amistad.  Parece que Houellebecq ha querido mostrarnos los aspectos menos positivos (si es que tienen algo de positivos) del protagonista.  El contexto, como decía, se sitúa en las elecciones presidenciales en 2022, un momento tenso, en el que los partidos tradicionales han perdido su fuerza y Francia se divide entre la extrema derecha de Marine Le Pen y un partido denominado la Hermandad Musulmana, que desea instaurar un estado islámico en Francia.  Hay varios recursos que utiliza el autor para mostrarnos el turbulento panorama político francés, quizá por eso no destaca los valores positivos de los personajes y sí hace hincapié en los infortunios de estos.  Nuestro profesor universitario pierde su empleo en la Sorbona porque no se ha convertido al Islam, donde todos aquellos docentes que sí lo hacen gozan de numerosos privilegios.  Aún así, no puede considerarse que el libro vaya en contra de ninguna religión, porque ni siquiera es el tema.  No puedo descubrir más por no destripar la trama, que guarda una sorpresa final.  Pero basta insistir en la originalidad con que Houellebecq presenta una historia fresca, verosímil en muchos aspectos e inquietante (o increíble, si se me permite) en otros.

La novela está publicada en España por la Editorial Anagrama.


David P.

17 de junio de 2015

Poderosa, Antígona.


Poderosa, Antígona.

Llegó el día de disfrutar de la última tragedia que compone el “experimento” de tres dramaturgos; Sanzol, Lima y Del Arco, concebido como una apuesta por la investigación, reflexión, producción y exhibición del teatro contemporáneo. 
Miguel del Arco apuesta por una de las tragedias griegas más representadas y uno de los personajes del teatro universal más estudiados. Un texto libre sobre el de Sófocles donde prima una batalla dialéctica en la que los personajes se aferran a sus ideales casi ciegamente. Esta lucha de opiniones sigue siendo actual en nuestros tiempos, en un mundo dividido en bandos eternamente. 
A pesar de que Edipo Rey y Antígona tienen conexiones claras, no solo de autoría, sino también de trama, y de tratarse el Teatro de la Ciudad de un proyecto que podría ser visto como un ente global, lo cierto que un montaje de otro, el primero de Alfredo Sanzol y el segundo de Miguel del Arco, se encuentran en las antípodas uno del otro. 
Antígona de Miguel del Arco respeta la esencia del texto de Sófocles pero con una sonoridad rabiosamente contemporánea, no solo en los atuendos de los personajes, sino en la modificación del hecho de convertir a Creonte en una mujer, desde el momento en que Hemón se refiere a ella como “madre” varias veces, pero que en un principio adquiere el protagonista varón, algo que confunde por momentos al espectador. Ahí Del Arco no nos explica que Carmen Machi, es ella, una mujer, quien ha de asumir ahora la máxima autoridad de poder. Hay que reconocer que este cambio no parece nimio si lo analizamos: la feminidad de Creonte hace que pueda acercar posiciones con Antígona, es decir, poder hablar de igual a igual, aunque sea imposible el entendimiento y comprender el por qué de su ejecución autoritaria: es probable que sea la propia inseguridad de la mujer no acostumbrada al liderazgo en un mundo de hombres la que haga en este caso que Creonte se presente de forma hermética, y tome decisiones extremas desde una posición de presión que intenta disimular… sin olvidarnos del desenlace: sin duda el dolor de una madre  que ya ha perdido a varios hijos es mucho más efectivo y más hondo que el de un padre cabeza de estado. Todos estos detalles hacen que la versión de Del Arco presente una Creonte mucho más humana que otras veces, lo que sin duda ayuda al espectador a entender el conflicto.
La puesta en escena sobria, oscura, sombría, con un aire de ritual desde que entras en la sala, con todos los personajes de negro riguroso y tonos oscuros, se sirve de un espacio agónico, vacío y cerrado por un cortinaje presidido por una especie de zepelín esférico, simulando la tierra que portaba el pobre Atlas, donde proyectan imágenes augurando el final trágico, y del que se apoyan todo el gran trabajo actoral sometidos a una presión constante entre los horrores que viven y la tensión en cada una de su palabras, haciendo por momentos la escena irrespirable (magníficas Manuela Paso y Ángela Cremonte, Antígona e Ismene, respectivamente). La luz sugiere, a veces deslumbra lo que ocurre en escena, lo que cada personaje trata de ejecutar, vomitando toda la tensión  y miedos que se traduce en un estruendo vibrante y sacudida emocional al espectador, sobre todo por la creatividad de Miguel del Arco, del que hace de su versión libre un majestuoso viaje por la tragedia griega. Dos escenas para recordar y conservadas en mi retina de este estimulante montaje: la escena de Antígona en la gruta y posterior suicidio están magistralmente resueltas como dos grandes golpes de teatro, y los parlamentos de Ismene y Antígona como énfasis dramático y soberbiamente interpretado. Sobra la música de fondo, enlatada, que entorpece el camino sublime que lleva la obra. La escena final recuerda a mi amado Lorca en Bodas de Sangre, el sufrimiento de una madre por la muerte de su hijo en un alarido roto. 
En cuanto a los actores resaltar la interpretación de Antígona, Manuela Paso, una mujer que sufre, teme, y mantiene su templanza hasta el final. Poderosa.
Carmen Machi, no puedo borrar su personaje de una conocida serie de televisión y hace que afee el montaje, su expresión corporal y distante a veces lo consigue, pero ante la risa desproporcionada de algún despistado espectador me vuelve a la realidad irrisoria. Brava por acentuar la tiranía de su personaje y los choques con Antígona son magnéticos, pero no termina de convencerme. 
Ángela Cremonte, Ismene, aborda la emoción y la muestra desde las vísceras, desquiciada al borde del precipicio, enamorando al espectador. Formidable. 
Los personajes masculinos exquisitamente interpretados desde las esencias shakesperianas de Hamet y Otelo. 
A la salida nos quedamos sin palabras, convulsionados por el golpe de talento y teatro en estado puro. 

Hasta el 21 de Junio en Teatro de la Ciudad (Teatro de la Abadía). Madrid. 

Má.

4 de junio de 2015

Medea



Hipnótica Medea. 

Segunda tragedia en el Teatro de la ciudad (Teatro Abadía), MEDEA, versión libre de Andrés Lima sobre el texto de Séneca, y este extrajo sus tragedias del magnífico, Eurípides. Séneca nos muestra el comportamiento de los seres humanos ante situaciones de conflicto que nos vienen impuestas por la fatalidad. Se debe tener en cuenta que las obras de ambos autores distan mucho, una de la otra, por un cambio profundo en la historia de las dos culturas; la geopolítica en el Mediterráneo, desde las ciudades-estado al imperio romano; las metas de la civilización, centradas en la defensa patria y el culto de los dioses en el Egeo helénico y muy al revés, en Roma, en la consecución de una sociedad cosmopolita y la conquista de todo el "mare nostrum”, sin olvidar las artes, de una representación sublime de los hombres al retrato descarnadamente realista de sus facciones. 
Andres Lima nos presenta el texto como una sucesión de monólogos, especie de diálogo interior del personaje principal y su nodriza. Es para que nos entendamos, una tragedia “de cámara”, opuesta a la grandiosidad griega y reducida a su quid esencial. “De cámara” como algo exquisito a contemplar en un universo nuevo, lejos de lo heleno y enfocar una trasparente y desmedida Medea (muy distinta a la de Eurípides), en permanente cólera y sin ningún plan de acción, solo dispuesta a odiar como una ménade: primero, cederá a sus hijos para que vivan en palacio. Solo cuando comprenda que así sacia los deseos de Jasón, se echará atrás y los mantendrá consigo. Toda su furia se va a centrar entonces contra la familia real y se va a concentrar en el conjuro. Es cuando comprendemos su naturaleza original de hechicera, su ferocidad plenamente caucásica (esta vez, los niños serán aniquilados en escena) y la memoria que de ella queda en Occidente como paradigma del mal. 
Del montaje de Lima cabe destacar el texto limpio y preciso, salvo algunas imprecisiones del traductor Moreno Luque. Maravilloso el clima creado, sobrecogedor de la tragedia que se impone nada más comenzar cuando el espectador se impregna de la inquietud nada más entrar en la sala, por medio del claroscuro de la escena que acompaña las voces del inframundo del Coro.
No me gusta como recita Lima, en su papel de Corifeo el inicio de la cosmogonía de Hesiodo para acabar estableciendo el árbol familiar de nuestra Medea, no vocaliza, no se entiende por la música ambiental, no llegando a crear ese ambiente inmemorial que se va a mantener a lo largo de toda la tragedia por la presencia de la enorme Aitana, combinada sencillamente con la iluminación, vestuario y escenografía, dando al espectador la vivencia de otro mundo, el primigenio, el origen del caos. La Corifea y la nodriza contribuyen a ello, de negro riguroso ambas; la primera tocando un contrabajo con su soberbia y melodiosa voz, y la segunda, rodando por el suelo y los ojos en blanco, pendiente de su ama.

Medea interpretada exquisitamente por Aitana, con una fuerza desmesurada, caótica, dotada de un cierto hieratismo para el teatro, una voluntad y un buen hacer por su parte que hipnotiza desde su soliloquio principal, volviéndose una iracunda al espectador provocando desde la emoción hasta la lágrima. La escena del conjuro, punto álgido de toda la tragedia, ella queda expuesta sin artificios, llena de ira y entregada a una Yincana ritual cubierta de extractos de serpiente, hierbas y plumas. Magistral su expresión corporal, su recital de voz. De su pareja, el director, Andrés Lima, representa al Corifeo, Jasón y Creón, que es devorado sin remilgos por su compañera Medea. Basta ya de la economía escénica de personajes porque es triste los personajes masculinos, ya que Lima se condensa  embutido en ese cuerpo enorme los tres papeles, pero pequeños en escena. Discutible es su trabajo actoral, porque tanto su voz como su presencia en escena es la manera habitual de un presentador de un talkshow, no adecuados a estos personajes trágicos, por eso afea el espectáculo y rompe el equilibrio del mismo. Además es importante destacar un error garrafal, ¿Cómo puede un ente masculino, participar siquiera en el aquelarre de las brujas? Creo que eso debía ser respetado en el clásico, porque los aquelarres son para las brujas, el macho cabrío se limitaba a estar escondido como mero espectador. Es mejor director que actor: al César lo que es del César. Gracias a las féminas la obra crece a medida que se desarrolla. Desde ahora Aitana es Medea (de Séneca) y Medea es Aitana, encerrada en mi retina, como otras grandes de la escena española. Por fin un papel para lucirte, un bombón agridulce para hacer disfrutar al espectador y dejarle hipnótico. Corran a verla y entenderán el dolor de esta inmensa Medea.  

Hasta el 21 de Junio. Teatro de Abadia. Madrid. 


Má.