4 de junio de 2015

Medea



Hipnótica Medea. 

Segunda tragedia en el Teatro de la ciudad (Teatro Abadía), MEDEA, versión libre de Andrés Lima sobre el texto de Séneca, y este extrajo sus tragedias del magnífico, Eurípides. Séneca nos muestra el comportamiento de los seres humanos ante situaciones de conflicto que nos vienen impuestas por la fatalidad. Se debe tener en cuenta que las obras de ambos autores distan mucho, una de la otra, por un cambio profundo en la historia de las dos culturas; la geopolítica en el Mediterráneo, desde las ciudades-estado al imperio romano; las metas de la civilización, centradas en la defensa patria y el culto de los dioses en el Egeo helénico y muy al revés, en Roma, en la consecución de una sociedad cosmopolita y la conquista de todo el "mare nostrum”, sin olvidar las artes, de una representación sublime de los hombres al retrato descarnadamente realista de sus facciones. 
Andres Lima nos presenta el texto como una sucesión de monólogos, especie de diálogo interior del personaje principal y su nodriza. Es para que nos entendamos, una tragedia “de cámara”, opuesta a la grandiosidad griega y reducida a su quid esencial. “De cámara” como algo exquisito a contemplar en un universo nuevo, lejos de lo heleno y enfocar una trasparente y desmedida Medea (muy distinta a la de Eurípides), en permanente cólera y sin ningún plan de acción, solo dispuesta a odiar como una ménade: primero, cederá a sus hijos para que vivan en palacio. Solo cuando comprenda que así sacia los deseos de Jasón, se echará atrás y los mantendrá consigo. Toda su furia se va a centrar entonces contra la familia real y se va a concentrar en el conjuro. Es cuando comprendemos su naturaleza original de hechicera, su ferocidad plenamente caucásica (esta vez, los niños serán aniquilados en escena) y la memoria que de ella queda en Occidente como paradigma del mal. 
Del montaje de Lima cabe destacar el texto limpio y preciso, salvo algunas imprecisiones del traductor Moreno Luque. Maravilloso el clima creado, sobrecogedor de la tragedia que se impone nada más comenzar cuando el espectador se impregna de la inquietud nada más entrar en la sala, por medio del claroscuro de la escena que acompaña las voces del inframundo del Coro.
No me gusta como recita Lima, en su papel de Corifeo el inicio de la cosmogonía de Hesiodo para acabar estableciendo el árbol familiar de nuestra Medea, no vocaliza, no se entiende por la música ambiental, no llegando a crear ese ambiente inmemorial que se va a mantener a lo largo de toda la tragedia por la presencia de la enorme Aitana, combinada sencillamente con la iluminación, vestuario y escenografía, dando al espectador la vivencia de otro mundo, el primigenio, el origen del caos. La Corifea y la nodriza contribuyen a ello, de negro riguroso ambas; la primera tocando un contrabajo con su soberbia y melodiosa voz, y la segunda, rodando por el suelo y los ojos en blanco, pendiente de su ama.

Medea interpretada exquisitamente por Aitana, con una fuerza desmesurada, caótica, dotada de un cierto hieratismo para el teatro, una voluntad y un buen hacer por su parte que hipnotiza desde su soliloquio principal, volviéndose una iracunda al espectador provocando desde la emoción hasta la lágrima. La escena del conjuro, punto álgido de toda la tragedia, ella queda expuesta sin artificios, llena de ira y entregada a una Yincana ritual cubierta de extractos de serpiente, hierbas y plumas. Magistral su expresión corporal, su recital de voz. De su pareja, el director, Andrés Lima, representa al Corifeo, Jasón y Creón, que es devorado sin remilgos por su compañera Medea. Basta ya de la economía escénica de personajes porque es triste los personajes masculinos, ya que Lima se condensa  embutido en ese cuerpo enorme los tres papeles, pero pequeños en escena. Discutible es su trabajo actoral, porque tanto su voz como su presencia en escena es la manera habitual de un presentador de un talkshow, no adecuados a estos personajes trágicos, por eso afea el espectáculo y rompe el equilibrio del mismo. Además es importante destacar un error garrafal, ¿Cómo puede un ente masculino, participar siquiera en el aquelarre de las brujas? Creo que eso debía ser respetado en el clásico, porque los aquelarres son para las brujas, el macho cabrío se limitaba a estar escondido como mero espectador. Es mejor director que actor: al César lo que es del César. Gracias a las féminas la obra crece a medida que se desarrolla. Desde ahora Aitana es Medea (de Séneca) y Medea es Aitana, encerrada en mi retina, como otras grandes de la escena española. Por fin un papel para lucirte, un bombón agridulce para hacer disfrutar al espectador y dejarle hipnótico. Corran a verla y entenderán el dolor de esta inmensa Medea.  

Hasta el 21 de Junio. Teatro de Abadia. Madrid. 


Má.

No hay comentarios:

Publicar un comentario