17 de junio de 2015

Poderosa, Antígona.


Poderosa, Antígona.

Llegó el día de disfrutar de la última tragedia que compone el “experimento” de tres dramaturgos; Sanzol, Lima y Del Arco, concebido como una apuesta por la investigación, reflexión, producción y exhibición del teatro contemporáneo. 
Miguel del Arco apuesta por una de las tragedias griegas más representadas y uno de los personajes del teatro universal más estudiados. Un texto libre sobre el de Sófocles donde prima una batalla dialéctica en la que los personajes se aferran a sus ideales casi ciegamente. Esta lucha de opiniones sigue siendo actual en nuestros tiempos, en un mundo dividido en bandos eternamente. 
A pesar de que Edipo Rey y Antígona tienen conexiones claras, no solo de autoría, sino también de trama, y de tratarse el Teatro de la Ciudad de un proyecto que podría ser visto como un ente global, lo cierto que un montaje de otro, el primero de Alfredo Sanzol y el segundo de Miguel del Arco, se encuentran en las antípodas uno del otro. 
Antígona de Miguel del Arco respeta la esencia del texto de Sófocles pero con una sonoridad rabiosamente contemporánea, no solo en los atuendos de los personajes, sino en la modificación del hecho de convertir a Creonte en una mujer, desde el momento en que Hemón se refiere a ella como “madre” varias veces, pero que en un principio adquiere el protagonista varón, algo que confunde por momentos al espectador. Ahí Del Arco no nos explica que Carmen Machi, es ella, una mujer, quien ha de asumir ahora la máxima autoridad de poder. Hay que reconocer que este cambio no parece nimio si lo analizamos: la feminidad de Creonte hace que pueda acercar posiciones con Antígona, es decir, poder hablar de igual a igual, aunque sea imposible el entendimiento y comprender el por qué de su ejecución autoritaria: es probable que sea la propia inseguridad de la mujer no acostumbrada al liderazgo en un mundo de hombres la que haga en este caso que Creonte se presente de forma hermética, y tome decisiones extremas desde una posición de presión que intenta disimular… sin olvidarnos del desenlace: sin duda el dolor de una madre  que ya ha perdido a varios hijos es mucho más efectivo y más hondo que el de un padre cabeza de estado. Todos estos detalles hacen que la versión de Del Arco presente una Creonte mucho más humana que otras veces, lo que sin duda ayuda al espectador a entender el conflicto.
La puesta en escena sobria, oscura, sombría, con un aire de ritual desde que entras en la sala, con todos los personajes de negro riguroso y tonos oscuros, se sirve de un espacio agónico, vacío y cerrado por un cortinaje presidido por una especie de zepelín esférico, simulando la tierra que portaba el pobre Atlas, donde proyectan imágenes augurando el final trágico, y del que se apoyan todo el gran trabajo actoral sometidos a una presión constante entre los horrores que viven y la tensión en cada una de su palabras, haciendo por momentos la escena irrespirable (magníficas Manuela Paso y Ángela Cremonte, Antígona e Ismene, respectivamente). La luz sugiere, a veces deslumbra lo que ocurre en escena, lo que cada personaje trata de ejecutar, vomitando toda la tensión  y miedos que se traduce en un estruendo vibrante y sacudida emocional al espectador, sobre todo por la creatividad de Miguel del Arco, del que hace de su versión libre un majestuoso viaje por la tragedia griega. Dos escenas para recordar y conservadas en mi retina de este estimulante montaje: la escena de Antígona en la gruta y posterior suicidio están magistralmente resueltas como dos grandes golpes de teatro, y los parlamentos de Ismene y Antígona como énfasis dramático y soberbiamente interpretado. Sobra la música de fondo, enlatada, que entorpece el camino sublime que lleva la obra. La escena final recuerda a mi amado Lorca en Bodas de Sangre, el sufrimiento de una madre por la muerte de su hijo en un alarido roto. 
En cuanto a los actores resaltar la interpretación de Antígona, Manuela Paso, una mujer que sufre, teme, y mantiene su templanza hasta el final. Poderosa.
Carmen Machi, no puedo borrar su personaje de una conocida serie de televisión y hace que afee el montaje, su expresión corporal y distante a veces lo consigue, pero ante la risa desproporcionada de algún despistado espectador me vuelve a la realidad irrisoria. Brava por acentuar la tiranía de su personaje y los choques con Antígona son magnéticos, pero no termina de convencerme. 
Ángela Cremonte, Ismene, aborda la emoción y la muestra desde las vísceras, desquiciada al borde del precipicio, enamorando al espectador. Formidable. 
Los personajes masculinos exquisitamente interpretados desde las esencias shakesperianas de Hamet y Otelo. 
A la salida nos quedamos sin palabras, convulsionados por el golpe de talento y teatro en estado puro. 

Hasta el 21 de Junio en Teatro de la Ciudad (Teatro de la Abadía). Madrid. 

Má.

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