Bajo el nombre Teatro de la Ciudad, tres dramaturgos reinventan la tragedia grecolatina; Un montaje de creación colectiva, Lima, del Arco y Sanzol experimentan, investigan, reflexionan, producen y exhiben desde las entrañas un tipo de teatro contemporáneo.
Sanzol recrea la tragedia de Sófocles a una manera extraña; sentados frente al público ante una mesa cubierta de un mantel, a lo “última cena” donde lo único que servían era agua, un agua para apurar esas gargantas secas del mascullar las palabras del texto. Reproducen un texto, acabada la sobremesa de ese halo familiar, donde cada uno escupe a su modo su historia. Los actores intervienen atropelladamente, son planos, sin vida, como si cogieran la tragedia por los pelos, sin pulir, sin apenas entender lo que declamaban, es como una lectura de corrido en cuanto se la saben de memoria, la sueltan, dirigiéndose unos a otros, poco creíbles en discusiones, sin hacer sentir esa tensión al espectador. No crean un dolor, tampoco tristeza, las emociones se las dejaron en el asiento donde interpretaban sui generis a un Edipo pequeño arrimado a una mesa sin un gesto sentido. Los acontecimientos se suceden y se engarzan por cuenta del espectador, un ejercicio difícil si no sabes nada de la obra. Desgranan los sucesos como si se tratase de una serie inconexa de oráculos divinos y acciones, durante una hora, sin levantarse de la silla, sin dejar de cenar, sin apenas mirarse… Todo el elenco permanece en la mesa durante toda la representación –estén sus personajes en escena o no-, y la implicación dramática en lo que se cuenta es mínima: hay intención en el decir, pero ni miradas ni apenas movimientos. Transcurre toda una función en la que el espectador deberá centrarse en la palabra para seguir la función con atención. Es una opción arriesgada, peligrosa e inesperada. Todo es básico y minimalista en este montaje.
Yocasta (Eva Trancón) decepciona, se traba en su discurso, no hurga en nuestra emoción. Edipo (Juan Antonio Lumbreras) es simple, carece de fuerza y se diluye en un fondo negro de la escena. Tiresias (Elena González) representado por una mujer que no emerge en el texto y sin mostrar una acritud ante el rey, una indicación al espectador de que este personaje era ciego, pero ella en escena elabora ramos de flores. Creonte (Paco Déniz) no se hace imponer su presencia escénica. El corifeo y los coros sin reseña en la escena, tan solo un cambio de registro actoral que apenas se intuye. Mal resuelta porque debe ser visto como un ejercicio de trabajo de texto, ya que provoca que veamos una tragedia griega a gran distancia emocional. Porque ni siquiera los actores levantan este complejo espectáculo.
Má.

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