Todos los
días, a partir de las cinco de la tarde, excepto los fines de semana, el
trasiego de gente entrando y saliendo en la pensión Milagros es
monumental. Ni siquiera el ruido casi
monótono que trepa por la fachada y a través de la desgastada escalera del
portal número 19 de la calle del Humilladero consigue destronar al timbre del
tercero izquierda. Una mezcla de olores
varios destilados en alcantarillas, en abrigos de paño mojados, en ropas y
pieles impregnadas de agua de colonia y de loción varonil, compite con el
incesante alboroto de puertas, timbres, conversaciones a media voz, con el
griterío de amantes en su particular campo de batalla. Hoy es un día cualquiera. Milagros pasa la fregona en el recibidor,
abre la puerta, saluda y se dispone a fregar de nuevo la pequeña estancia. Se detiene al constatar que trabaja en balde
y se dirige al lugar más preciado de su casa, a dos pasos del pequeño mostrador
de madera quejumbrosa. Abre el mueble
bar y sonríe como si hubiera descubierto un tesoro. Milagros González, ni alta ni baja, ni gorda
ni flaca. Peinada a la moda, pelo
cardado y teñido de un rubio panocha, derrocha rímel por debajo de los párpados
inferiores y por el lagrimal; se plantó un día en los cincuenta y dijo que ella
ya no cumplía más. Había trabajado en
todo, y cuando dice en todo lo recalca muy bien, pronunciando cada sílaba como
si pretendiera parar el tiempo en ese momento.
En todo. Suena el timbre, guarda
la botella que estaba a punto de abrir, abre la puerta al compás de la música
de sus múltiples pulseras y frunce el ceño al comprobar que se trata de su
hermana Pepi.
–¿qué haces
aquí?
– Venir a verte, hermana.
– dijo ajustándose la chaqueta. –Y de
paso a ver si necesitabas que te trajera algo de la calle, voy a bajar ahora.
Pepi
es la sombra de Milagros. Vive en el
tercero derecha y le tiene tanta devoción a su hermana como a la Virgen de la
Paloma. Milagros la trata casi siempre
con displicencia. Casi siempre, menos
cuando necesita hacer del piso de su hermana una extensión natural de su
negocio.
–
Bájate a por una botella de Bombay.
–
Mira que no te sienta nada bien, que te lo tengo dicho, que... – Sin
darle tiempo a terminar, Milagros cierra la puerta de golpe.
El
portazo coincide con precisión matemática, con el que da Elena al salir de la
primera habitación que hay a la derecha del pasillo. Elena, ni guapa ni fea, ni rubia o morena.
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