8 de marzo de 2015

SIN TÍTULO...

Todos los días, a partir de las cinco de la tarde, excepto los fines de semana, el trasiego de gente entrando y saliendo en la pensión Milagros es monumental.  Ni siquiera el ruido casi monótono que trepa por la fachada y a través de la desgastada escalera del portal número 19 de la calle del Humilladero consigue destronar al timbre del tercero izquierda.  Una mezcla de olores varios destilados en alcantarillas, en abrigos de paño mojados, en ropas y pieles impregnadas de agua de colonia y de loción varonil, compite con el incesante alboroto de puertas, timbres, conversaciones a media voz, con el griterío de amantes en su particular campo de batalla.  Hoy es un día cualquiera.  Milagros pasa la fregona en el recibidor, abre la puerta, saluda y se dispone a fregar de nuevo la pequeña estancia.  Se detiene al constatar que trabaja en balde y se dirige al lugar más preciado de su casa, a dos pasos del pequeño mostrador de madera quejumbrosa.  Abre el mueble bar y sonríe como si hubiera descubierto un tesoro.  Milagros González, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca.  Peinada a la moda, pelo cardado y teñido de un rubio panocha, derrocha rímel por debajo de los párpados inferiores y por el lagrimal; se plantó un día en los cincuenta y dijo que ella ya no cumplía más.  Había trabajado en todo, y cuando dice en todo lo recalca muy bien, pronunciando cada sílaba como si pretendiera parar el tiempo en ese momento.  En todo.  Suena el timbre, guarda la botella que estaba a punto de abrir, abre la puerta al compás de la música de sus múltiples pulseras y frunce el ceño al comprobar que se trata de su hermana Pepi.
¿qué haces aquí?
– Venir a verte, hermana. – dijo ajustándose la chaqueta.  –Y de paso a ver si necesitabas que te trajera algo de la calle, voy a bajar ahora.
Pepi es la sombra de Milagros.  Vive en el tercero derecha y le tiene tanta devoción a su hermana como a la Virgen de la Paloma.  Milagros la trata casi siempre con displicencia.  Casi siempre, menos cuando necesita hacer del piso de su hermana una extensión natural de su negocio.
– Bájate a por una botella de Bombay.
– Mira que no te sienta nada bien, que te lo tengo dicho, que...Sin darle tiempo a terminar, Milagros cierra la puerta de golpe.

El portazo coincide con precisión matemática, con el que da Elena al salir de la primera habitación que hay a la derecha del pasillo.  Elena, ni guapa ni fea, ni rubia o morena.

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